Oh que lúgubre es el sendero de mi vida,
inundado de carencias y sufrimiento;
la pequeña dicha no equivale todo el llanto.
La esperanza voló, en busca de otro nido,
huyó de noche, con el corazón herido
dejando el alma desconsolada y partida.
Mis ojos ya no quieren ver la luz, ¡No más!
sólo esperan la tan anhelada venida
de la fría muerte, ¡Ay mi musa entristecida!.
Ya no hay sueños, ni siquiera ilusiones, nada,
sólo la espera de la muerte desdichada;
pero parece que no venda a mí, ¡Jamás!
¡Ay, cuánto tardará la muerte en reclamarme!
tan solo soy un despojo de piel y huesos,
cuando venga a llevarme iré tras de sus pasos
con gozo y alivio; espero que no se tarde,
porque no quisiera yo mismo ir a buscarle,
pues la muy infeliz es capaz de rechazarme.
Poema por: Sebasttian Aranda Velarde
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