Yazgo solo, en el más oscuro silencio,
inundado en la fría impureza de mi llanto
que casi convierte mi voz en un lamento;
las lágrimas se cristalizan en mi piel
y me ahogo con ellas, con su sabor a hiel.
Yazgo solo, muriendo de horror y cansancio.
Mi piel lacerada, maltratada y doliente
no soporta seguir viva en este calvario,
en este hastío, tan inefable, tan mortuorio.
El tiempo huye lento, con sendero al olvido,
su decadente andar recuerda lo sufrido;
el negro pesar del ayer se hace presente.
Mis ojos, tan desgarrados por el dolor,
sólo pueden ver la amargura de la muerte;
mi espíritu, devastado, frío , casi inerte,
se marchita en este mórbido sentimiento
que es la soledad, preludio del sufrimiento,
triste amortajadora de almas sin amor.
Por Sebasttian Aranda Velarde

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